Se le notaba el sí, el no y mucho más el “maso menos”. Se le notaban las ganas, la indiferencia, las arrugas, el miedo y la alegría. Se le notaban los dientes, cuando se reía y cuando se mordía los labios. Los labios se le notaban también, más cuando los tenía violeta del frío y del vino.
Se le notaba la música, las flores y los libros que dejaba a mitad de leer. Se le notaban los amigos, la familia, los perros, los gatos; los novios no.
Se le notaba el cambio aunque se sintiese igual. Las ganas de bailar era lo que más se le notaba. Se le notaba todo lo que quería que se le note y lo que no se le notaba, también. El pensamiento se le notaba, aunque no pensara en nada; porque la nada también se le notaba.
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